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  • Camilo Ballen

Tarde

Salió a trotar como todos los días: tarde. Ya no importaba qué método utilizara para tratar de madrugar, ninguno era efectivo para él. Siempre tarde, siempre de último; ya estaba harto de eso. Su vida era una sucesión de tardanzas, unas más inoportunas que otras, pero tardanzas al fin. No podía acordarse de alguna vez que hubiese llegado temprano a algo, sino que se le venían a la cabeza todos los momentos de incomodidad que tuvo que atravesar pidiendo excusas. Por supuesto, algunos le creían, otros, sin embargo, le tomaban por alguien irresponsable que no se interesaba por su bienestar, sino que dejaba todo al garete. Y no era así. Deseaba en muchas ocasiones poder tener una cámara consigo que grabara todas y cada una de sus acciones: el accidente de la semana pasada, el corto del suministro eléctrico que le desactivó el reloj alarma, la manifestación que pasó justo enfrente de su casa y que no le permitió sacar su coche por más de dos horas, la ropa que permanecía colgada por semanas y no se secaba y que terminaba por ponerse aún húmeda porque no podía esperar más.

Mientras trotaba pensaba que debía haber al menos una explicación para todo aquello. Una explicación que dejara entrever el origen de sus tardanzas, la explicación a todas sus llegadas tarde, el porqué de sus contratiempos. Solo recordaba haber hablado una vez con su madre, quien ante su mirada de asombro, le contaba cómo había llegado al mundo casi 6 semanas después de lo previsto. Y a pesar de que los médicos no encontraron una respuesta lógica para su demora en el nacimiento, allí se encontraba, trotando en el parque como cualquier persona normal, solo que ya eran las 3 de la tarde.

Tres vueltas más al parque, eran las que le quedaban para poder regresar a su casa. Se ducharía, se pondría el vestido nuevo que había comprado para las entrevistas de trabajo. Llegaría a tiempo para la entrevista de hoy, que era a las 5 de la tarde. Hoy era la revancha. No iba a llegar tarde, había decidido no cocinar para evitar un contratiempo con la estufa. Estaba trotando para despertarse y poder echarle un vistazo al tráfico de la ciudad: nada fuera de lo común, calles despejadas. A lo lejos oyó el aullido de los carros y una sirena que parecía ir en aumento.

Una vuelta más. Regresaría a su casa, se pondría la ropa que ya tenía lista sobre la cama y saldría a pie, hoy no dependería de su coche: hoy sería diferente, lo sentía. En la última vuelta consultó su reloj: quedaba más de hora y media, y la empresa a la que debía asistir no estaba más allá de unas cuantas cuadras de su casa. Llegó a la esquina y comenzó a caminar. Su casa no quedaba muy lejos del parque, desde la ventana de su habitación podía ver los árboles y la avenida un poco más allá. Seguía caminando, esperando que su ritmo cardiaco disminuyera con cada paso, pero al contrario, éste no disminuía, sino que aumentaba. Se detuvo. Se dobló y apoyó sus manos sobre las rodillas y contó hasta 10. Sentía su corazón latir de manera desenfrenada, y solo atisbaba a ver pasar la gente corriendo a su lado.

Con el corazón aun galopándole en el pecho se acercó a la muchedumbre que se arremolinaba cerca de la puerta de su casa, y ellos, adivinando que se acercaba, iban abriéndole el paso. La sirena se podía oír más cerca. Con cada paso el corazón protestaba intensamente en su pecho. Y cuando hubo llegado al centro del gentío, pudo ver aquello que les había llamado la atención. Allí, tirado en el suelo se encontraba él mismo, con su ropa nueva, su cabello aún húmedo, la mano izquierda asiendo su maletín, y la otra agarrada fuertemente al pecho. Al verse lo supo inmediatamente, y fue el último pensamiento que le cruzó por la cabeza antes de sentir que se desvanecía de este mundo: había llegado tarde a su propia muerte.

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Lo primero que recuerdo es el hecho de estar caminando por una calle apenas reconocible. Recuerdo que era de tarde, cuando los rayos del sol bañan de destellos dorados las fachadas de los edificios, u