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  • Camilo Ballen

Ella.

Actualizado: 11 may

Lo primero que recuerdo es el hecho de estar caminando por una calle apenas reconocible. Recuerdo que era de tarde, cuando los rayos del sol bañan de destellos dorados las fachadas de los edificios, un sol que te hace entrecerrar los ojos al mirar al cielo. La calle, cómo decía, es apenas reconocible. ¿Caminé por aquí alguna vez? Si así fue, debió ser hace mucho tiempo, pero no logro reconocer de dónde, o de cuándo.

El aire es frío, y se siente agradable mientras camino. No hace frío especialmente. Supongo que es un detalle menor, pero al tratar de recrear la escena, intento recoger la mayor cantidad posible de sensaciones. La brisa es suave y trae consigo olores largamente olvidados, como el olor a pasto recién cortado, o a tierra húmeda. Olores que me llevan irremediablemente a mi niñez, en la que cada vez pienso menos.

De repente, lo siento. Llevo a alguien de mi mano.

Me detengo. Pienso. ¿Quién es?

Y cuando volteo para ver quién es, me doy cuenta. Es ella. Mi corazón da un vuelco. Se acelera sin remedio. Te llevo de la mano mientras caminamos por la calle, al atardecer, mientras la brisa trae consigo olores de mi niñez.

¿Cómo es posible que esté allí conmigo si apenas nos hablamos? Al detenerme ella da dos pasos al frente, sin soltar mi mano, y mientras sonríe me mira y me pregunta qué pasa. No logro articular palabra alguna, tratando de ordenar el caos que es mi cabeza en ese preciso momento. Y para hacerlo aún más complicado, ella se acerca cada vez más, sin dejar de sonreír, y sin soltar mi mano.

Con su mano libre toca mi rostro, su mirada tiene un brillo especial. Un brillo que he notado otras veces, aunque lejano. Se acerca y me pregunta si estoy bien. Le digo que sí, y de la nada se acerca aún más y me da un beso. Suave, lento, familiar. Un beso que contiene una historia en sí mismo. Cuando siento sus labios mi cabeza se desata, y todo el caos que sentía se convierte en un caudal que recorre mi vientre y me desencaja totalmente.

No quiero que se termine. Quiero sentir ese beso siempre, la mirada que lo precede, y la sonrisa que lo contiene. Me siento completo, nervioso, lleno de júbilo y también desconcertado. Tengo mil preguntas que hacer, mil historias que contar, mil razones para que ese instante dure una eternidad.

Sin embargo, en medio de la sensación de euforia, todo comienza a desvanecerse lentamente. El sol, la brisa, las calles, todo comienza a desaparecer de a poco, mientras retumba en mis oídos su sonrisa, y mientras siento cómo su mano comienza a esfumarse de entre mis dedos.

A través de mis párpados cerrados percibo que el día ya comenzó. Mi mente se debate entre la duermevela, tratando de recordar la mayor cantidad posible de detalles de lo que acaba de suceder.

Era ella, definitivamente era ella. Recuerdo la calle, el sol, la brisa, los olores. Pero sobre todo la recuerdo a ella. Su sonrisa, su mano, sus palabras y sus labios.

Y sé con certeza que ese recuerdo vívido me va a perseguir por un buen tiempo. La sensación de familiaridad, el caos, la incertidumbre. Solo me resta esperar a que el tiempo cumpla su parte, haciéndome olvidar poco a poco cada sensación, cada emoción, y finalmente, cada recuerdo.

Y así sucede.

Sin embargo, la vida es mucho más compleja. Porque el día menos esperado, la ví. Y al verla, llegaron de golpe todos los recuerdos. Uno tras otro, fueron desfilando a través de mi cabeza como si jamás los hubiera olvidado. Y ella me ve.

Se acerca y me saluda, y hago lo mismo. Mientras me habla, no puedo más que tratar de mantener el caos bajo control. No puedo dejarme llevar por el tremendo torrente de emociones que pugnan por salir a flote, que quieren volver a sentir lo mismo que sentí en aquel sueño en la calle apenas reconocible, bañada de rayos dorados del sol.

Cuando se despide, me abraza. Como puedo, le devuelvo el abrazo, y murmullo un ininteligible "te quiero mucho". Ella me responde lo mismo, y me doy vuelta, tratando de ocultar que en esas tres palabras están encerrados un cúmulo interminable de emociones, de sensaciones y de añoranzas que jamás pensé posibles.

Me alejo y recuerdo, no sé de dónde, ni de quién, una frase famosa y largamente utilizada. No sé si en las mismas circunstancias, pero qué cada vez siento más propias. Y es que, al final, la vida es sueño y los sueños, sueños son. ¿No?

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